Era el más brillante de
todos ellos y entre ellos revistaban Daniel Dennett, Richard Dawkins y Sam
Harris −los celebrados “Cuatro Jinetes”, principalísimos exponentes de esa
brisa de aire fresco en el pensamiento anglosajón que comenzaba a conocerse bajo el rótulo comercial de New Atheism−,
era el macho alfa, el primus inter pares, el hermano mayor, aquel a quien todos
respetaban y temían. Debatir con él, con Christopher Hitchens, el feroz, garantizaba un único resultado: el quedar en ridículo. No sólo te daba una paliza. También sabía hacerlo con gracia y estilo. Y en Hitch, el estilo
constituía algo así como una marca registrada. En muy poco tiempo, sus satíricas contestaciones
y retruques, las famosas “hitchslaps”, esos tremendos cachetazos verbales que propinaba a
sus adversarios políticos y religiosos, repantigado desde un sillón con una velada sonrisa de cinismo, con cara de "ya sé lo que me vas a decir y es
una pelotudez", se habían convertido en uno de mis pequeños vicios. Hitchens, quien desde hacía algunos años había adquirido la nacionalidad yanqui y vivía en Washington, fue un acérrimo defensor de la guerra de Irak, consideraba a la madre Teresa como el mayor fraude de la historia, argumentaba que las enseñanzas de Cristo eran, además de falsas, profundamente inmorales, acusaba a Kissinger de matón y sostenía que creer en dios equivalía a querer ser un esclavo. La provocación era un traje que le iba pintado. Sus columnas en Vanity Fair eran leídas y comentadas por
miles de personas, los tirajes de sus libros llegaban a los cientos de miles de
copias y millones de americanos e ingleses habían aprendido a odiarlo y amarlo a
partir de las esporádicas pero invariablemente polémicas y geniales apariciones
que hacía en televisión. Cada vez más esporádicas, recalquemos, porque desde 2010
estaba en tratamiento debido a un avanzado cáncer de esófago que ayer, finalmente, terminó de fulminarlo. Que así sea: Hitch no quiso parar el carro a tiempo y tampoco lo
consideraba un motivo para andar lamentándose…
Dueño de una erudición
abrumadora, amante de las mujeres y, en alguna ocasión, también de los
varones −el trotskismo y la homosexualidad fueron dos de sus deslices juveniles−,
alcohólico recuperado o casi, trasnochador, fumador empedernido, bon vivant, escritor prolífico y, según sus allegados, asombrosamente veloz, activista político, ateo y
británico hasta la médula, toda su filosofía de vida podría condensarse en una de sus últimas
declaraciones públicas:
"Knowingly burning the candle at both
ends and finding that it often gives a lovely light”
Te vamos a extrañar, Hitch.
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