X escribe igual que hace muchas otras cosas: rápido, a lo bruto. su ética es la suspicacia, ceja arqueada, desconfía del lavaje que supone pasar de lo vivido a lo narrado, le da pavor el narcisismo, escribir por complacencia (hacia sí mismo, hacia cualquiera), escribir para seducir pero ¿a quién, cómo? ni a palos, no es ambrosía lo que mana de tu boca, es adobe, es barro y chapa y cemento, la eficacia expresiva por sobre todo, viejo, un cuento es un lugar donde hacer tiempo hasta que te venga el sueño, o mientras viajas en colectivo, es una casa de material, en cambio Z va por otro lado, quiere ser sublime, tan ella, habla en un delicado español internacional estilo traducción de alfaguara, en un efluvio de palabras exóticas que va enhebrando sin apuros, y lo que en X delataría una afectación gruesa, un mal gusto de adolescente obnubilado por el diccionario, en Z, de algún modo, deviene naturaleza, acción espontánea, a sus relatos le cuadran palabras como tinaja, escabel, minarete, pestaña, practica la escritura como una modalidad del agio o la prestidigitación, tiene un gusto suntuario, apenas decadente, el barro transustanciado en oro

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