
La cultura no es para cualquiera.
No es tanto una cuestión de gustos, sensibilidad, hábitos o inteligencia, como de plata. Para leer un libro, si no se puede acceder a él mediante el préstamo o el hurto, hay que poder pagarlo. Esas son las reglas para bien o para mal −para mal, vamos− del sistema económico en que nos ha tocado vivir: una silla, medio kilo de pan, una tableta de Paracetamol o la Crítica de la Razón Pura de Kant da lo mismo, pues todo se traduce en dinero. El dinero es el lubricante multiuso de nuestra civilización, aceita los engranajes de una maquina que de otro modo estallaría en pedazos, recalentada por la velocidad de sus revoluciones. Cuestionar al dinero como base del intercambio supone, por lo tanto, cuestionar la esencia misma del sistema. El resto de las modalidades de circulación de bienes que ha conocido la historia −el trueque, el don, la estafa, el saqueo, la donación, el cirujeo, el préstamo, la ocupación, la descarga en Internet, el reciclaje, el robo, etc.− deben ser acorraladas en posiciones o bien alternativas (en cuyo caso, no generan demasiados problemas, por sus reducidas dimensiones), o bien subversivas (en cuyo caso, son tachadas de “criminales” y deben ser reprimidas). El sistema hace la vista gorda con ciertas infracciones aisladas y minúsculas, pero ni bien se quiere levantar un poco más la cabeza, cae con todo el peso de la Ley, su Ley.
Un caso de estos se produjo recientemente con un profesor de filosofía, aquí en la Argentina. Su nombre es Horacio Potel y su crimen fue subir a internet una serie de textos de Martin Heidegger y Jacques Derrida que estarían protegidos por derechos de autor. Como resultado, actualmente Potel afronta una causa criminal iniciada por la Cámara Argentina del Libro (CAL), entidad que nuclea a las principales editoriales de nuestro país.
No conozco a Horacio Potel: jamás hablé con él personalmente, por teléfono u otra vía. No sé nada de su ideología política, la religión que profesa −si profesa alguna−, el lugar dónde nació y dónde vive, su orientación sexual, su estado civil, el color de su piel, sus hábitos de limpieza. No podría jurar, tampoco, que por las noches no le crecen colmillos y patas de cabra y sale a beber la sangre de vírgenes, descripción, por otra parte, que ha de aproximarse bastante a la que tienen de él en la CAL.
Sin embargo, yo, como tantos otros, le estamos en deuda.
Sin su trabajo de investigador, archivista, compilador, reseñador y difusor, mi librito sobre Nietzsche, por dar un ejemplo bien concreto, no hubiera existido. Potel hizo públicos un conjunto de textos a los que de otra manera se me hubiera complicado acceder, ya sea por sus precios o porque son, directamente, inconseguibles en papel. Por actos como ese han puesto a este señor en el banquillo, con la posibilidad de que le allanen su casa e intervenir su teléfono y su correspondencia, como si se tratase de un narcotraficante: no por atentar contra los derechos pecuniarios de la prole de Heidegger y Derrida, que a nadie importan, sino por sostener una noción de la cultura que rechaza los alambrados.
Si como decían antiguamente los voceros de la Reforma Agraria, la tierra es para quién la trabaja, los libros son para quiénes los leen, los discos para quiénes los escuchen y así. Y digo son y no deberían ser o serán porque el futuro llegó hace rato, mal que les pese a los señores de la CAL. ¡Flash de último momento! Estamos en el tiempo del mp3 y el pdf, del emule y los torrents, de la descarga gratuita, de Flickr y Creative Commons, del myspace y los blogs y demostrarían mucha más inteligencia si en vez de tratar de frenar la ola, se pusieran a aprender surf. Como hicieron hace un tiempo los muchachos de Radiohead, como hace Rodolfo Fogwill que cada tanto sube una novela para bajar gratis, como hacen una infinidad de bandas chicas y jóvenes escritores que empiezan a gestionar sus propias obras, mandando al cuerno a los intermediarios.
En el fondo, lo que pretenden con esta causa judicial es tan ridículo como poner gendarmes en los Centros de Estudiantes de todas las facultades del país (y del mundo, pues Internet no tiene fronteras) para evitar que se fotocopien apuntes. Son tan necios como para no darse cuenta de que están atentando contra sus mejores clientes, porque un tipo que está tan mal del marulo como para leerse Ser y tiempo en la pantalla de un monitor, de seguro ha de estarlo también como para gastarse la mitad de sus ingresos mensuales en libros de Heidegger.
Pero, como suele decirse, difícil que el chancho chifle.
Lo que sí es seguro es que la indignación sigue creciendo y ya, incluso, se está volviendo una protesta organizada. Vía Internet, como no podía ser de otro modo. Este es el Grupo de Facebook. Que se corra la bola.


6 Contrataques:
anacrónicxs.
la historia los juzgará,
jojojo.
Muy bien, Esteban. Un post de apoyo, necesario. La posta es esa: surfear.
saludos!
Shurdito!
Cada vez escribís mejor, como el zorzal criollo.
Gracias, má. Pero te rogué encarecidamente que no dejés más comments anónimos en el blog.
Dejate de pavadas y andá a ordenar tu cuarto!
Me sumo.
he recurrido a ese portal, en más de una oportunidad. Las ediciones de "Pretextos" salen un ojo y medio. Las de "Alianza" desaparecieron del mercado. Editorial "Arena" y otras, no justifican acabadamente el costo de los libros que hacen.
Pero quien queda para proteger esa delgada linea del derecho del autor, detrás de la que se esconde la pretensión económica del editor ?? La Ley. El instrumento de poder per excelence, hasta que "la difusión" sea un valor mayor a "la propiedad", para que "el hombre" sea una "causa" y no un "destino".
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