23 de enero de 2009

Bolivia, en el corazón


De Buenos Aires, humedal de concreto y asfalto, cuna de soñadores agrios, aburridos contables y artistas que rechinan sus dientes.

A La Paz, bazar de altura, laberíntico almacén y hormiguero de mujeres y hombres morenos y hospitalarios.

Bocinazos atronadores, Villazón, Villazóóón, chillan las mujercitas de la Terminal de Buses, música de cumbia o boleros o cuecas. El acento sosegado del hombre de calle, de las cholas y el áspero hardcore de Capitán Yote (lástima que no tengo emule) y Vicente Fernández con sus melifluos lloros de amor. Orgullo indígena entre las calles eternamente atascadas. Silpancho, Falso Conejo, Sajta de pollo. Las casas de material escarbando las laderas, perdiéndose en el Alto, minímas y hermosas y soberbias ante las aguas de Enero o la furia de la montaña.

Aquí, todo es deliciosamente impuro, las tradiciones y el tiempo se adulteran. Si Buenos Aires es gris y dubitativa, La Paz es rotunda y acrisolada.