Análisis de discurso
Alguien −no importa quién− me dice que el problema con mi discurso está en su velocidad. Mi problema −insiste este alguien, vanagloriándose en la paradoja− no sería que no formule preguntas, sino que las formulo, evalúo, respondo y descarto a un ritmo tan acelerado, que valen lo mismo que nada por muy acertadas que, en última instancia, sean las conclusiones. Como si no hubiera que perder nada de tiempo en pasar a lo siguiente.
Bien de pendejo, en las prolongadas vacaciones de verano que pasaba en la pileta del 17 de Agosto −club peronista en el peronista barrio de Villa Pueyrredón, hoy tristemente reducido a un tercio de sus dimensiones, década menemista mediante− solía ser el primero de mis amiguitos en tirarme de cabeza, saltar del trampolín o hacer la mortal para atrás −fliflá, la llamábamos entonces−. Por ejemplo, recuerdo patente la primera vez que intenté hacer la mortal desde el trampolín, hazaña que no me atrevería a repetir muy seguido.
Con cara de recio, me agarré contra los barrotes metálicos posteriores de la estructura, como un luchador de catch tensando los elásticos del ring antes de asestar una voladora mortífera, corrí y piqué medio chanfleado sobre la punta resbaladiza del tablón. Mientras volaba, hubo un resplandor y la conciencia fugaz de que algo había ido mal. El plaffff estruendoso en la superficie del agua, dura como el pavimento, y el ardor en la espalda por no haber completado el giro en el aire no me los olvido más. Cuando salí de la pileta, descubrí, ruborizado, una frescura imprevista: tenía media nalga al descubierto porque se me había rasgado una parte la malla. Anécdotas de este calibre hay miles.
No se trata simplemente de que fuera medio kamikaze −que lo soy− o de que tenga una curiosidad innata, hinchapelotas −que la tengo−, preparada para tornar automáticamente fascinante cualquier pavada que raye el vasto y difuso territorio de lo desconocido. Es más primordial y tiene que ver con la imposibilidad de bancarse ni por medio segundo una pregunta, una duda, una inquietud. Es querer ya mismo, aquí y ahora, todas las respuestas. En otras palabras, fui, soy y probablemente seré hasta el día en que la parca haya cortado el hilo, un ansioso de mierda. Ansiedad, ansiedad por vivir, por hacer cosas, por leer libros, ver películas, escuchar música, conocer gente, una ansiedad vibrante y dispersa, siempre al borde del estallido, que puede posarse en una infinitud de objetos con idéntica facilidad y a la que, en cierto modo, intentaba referirme con la cita de Kerouac que posteé más abajo.
Uno de los protagonistas de la novela me resultó particularmente impresionante: Dean Moriarty, alter ego ficcional de Neal Cassady, un hipster desquiciado, hiperquinético, falopero y encantador, que habla sin parar, mira con cara de bobo y se la pasa yendo de acá para allá, mientras balbucea: vamos, sí, sí… adelante… es absolutamente necesario… vamos… Un personaje cuyo hambre de vida es tan descomunal, tan inconciente que no le permite tener miramientos para nadie más que sí mismo y lo vuelve inimputable por los daños que pueda causar a su paso. Anteayer, en el laburo, leí una biografía suya, donde se lo describía con un sheite típico de película pochoclera. “Larger than life”, decía, expresión idiomática traducible como “excesivo”, “exagerado”. Cassady vivió rápido y no sorprende enterarse que abandonó este mundo, probablemente a causa de una sobredosis, después de una noche de juerga a pocos días de cumplir 42.
Cuando se es chico o cuando nunca se abandona la infancia −caso de Cassady a quién, en numerosas ocasiones, se describe como un niño grande−, esta ansiedad puede saciarse solamente por la acción, moviéndose. Si, como nos ocurre a la mayoría de los seres humanos, se abandona o se modera esta instancia al ir creciendo, pero ese fuego de algún modo subterráneo sigue ulcerándonos, puede manifestarse la enfermedad de la palabra. La intrepidez se desplaza de los actos al discurso y, entonces, hay que hablar, hablar sin descanso, a como de lugar y si la enfermedad se agrava, escribir. Al igual que le ocurre a la guerra en relación con la política, la escritura es la continuación de la palabra oral por otros medios y somos muchos los que escribimos porque no nos da la cara para seguir torturando a la gente en vivo y en directo con las estupideces que supuramos a borbotones quién sabe desde dónde. O porque, en un arranque de hijoputismo, se espera poder seguir torturándola a distancia, sin la presencia enervante de nuestro cuerpo. No tiene nada de curioso, entonces, que en esta eterna fuga hacia adelante, ya sea por el actuar o el decir, el riesgo muchas veces termine siendo el mismo: quedar con el culo al aire.





5 Contrataques:
¡Amén hermano!
Entre la ansiedad y la palabra me debato, hasta que juntas me eyectan.
Esteeeem... Con el debido respeto:
1- si no "importa" el alguien vaya que sí importó lo que dijo...
2- ...creo que en el texto se demuestra que ese alguien tiene su razón, jajaj
3- Escribir es un camino de ida, relajáte...
Quedar con el culo al aire, está muy bien. Lo demás es para gallinas.
Realmente muy bueno.
saludos
Pibe- dicho con respeto -, si a tu edad y con tu formación no sentis ugencia por vivir, sería tristísimo.
Y no te preocupes, una descubre con el tiempo que a cada rato en la vida, quedás con el culo al aire.
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